Mes: diciembre 2016

Paul Simon en Madrid, 18 de noviembre de 2016

Paul Simon en el Barclaycard Center. Un recinto deportivo gigante, parece que pensado para partidos de baloncesto, que seguramente antes tendría otro nombre más razonable (en realidad es lo que hasta no hace mucho se conocía como Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid), y que pronto (ya) tendrá el nombre del banco que ha comprado al otro banco. Entre ellos se entiendan.

Como he venido con tiempo, me aseguro de que el sitio es el sitio y me voy a un bar cercano a merendar. Todavía falta hora y media cuando termino, pero como no tengo otra cosa que hacer, me meto en el recinto. Intento meterme, porque el que recoge las entradas en las vallas que hay en la fachada principal me dice que con la mía hay que entrar por detrás. Es decir, que me toca darle toda la vuelta al edificio, que no es pequeño.

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Entro, ahora sí, y amablemente me indican mi asiento. Como es tendencia universal, las bancadas están demasiado juntas, así que apenas hay espacio entre mis rodillas y el asiento de delante. De momento estoy solo en la grada, así que me pongo a leer las notas y los créditos de uno de los CDs que me he comprado de camino al concierto.

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Al rato empieza a venir gente, e inevitablemente se me sienta detrás toda una familia con ganas de pasárselo bien y con muchas cosas que decirse. El padre, quizá de mi edad, quizá un poco mayor, intenta explicar al resto quién es Paul Simon y lo buena que era la música de «sus tiempos». Parece ser que las hijas o algo le han comprado la entrada para el concierto como sorpresa, así que están todos de muy buen humor. Las chicas, tres o cuatro de edades variadas (una de ellas habla de los noventa como si fueran «sus tiempos», y otras quizá nacieron por esas fechas), hablan y hablan con ese acento centropeninsular plagado de eses. Para los murcianos nunca deja de ser chocante el abuso de esa letra en particular, sobre todo cuando el autor es precisamente un murciano. Que no es el caso.

Finalmente, se apagan las luces y parece que empieza el concierto. No he mirado el reloj (léase teléfono), pero deben pasar ya algunos minutos de las 20:00 h., que era la hora prevista. Salen los músicos al escenario y se ponen a tocar una pieza de aires africanos al estilo de Graceland (1986) que no consigo identificar en el momento (luego compruebo que se trata de una versión instrumental de «Gumboots»).

A lo largo del concierto, suele haber unos diez músicos sobre el escenario. En una tarima al fondo a la izquierda según se mira, la sección de vientos, con dos miembros fijos, C.J. Camerieri (los nombres de los músicos, que no llegaron a ser presentados, los he sacado del concierto de hace unos meses en el programa Austin City Limits, espero que no haya cambiado ninguno desde entonces) tocando sobre todo trompeta y trompa, y el otro, Andy Snitzer, saxofones y flautas, a los que se suman algunos otros miembros del grupo de vez en cuando. Porque aquí todos tocan de todo. Delante de ellos el acordeonista, Joel Guzman, con un sintetizador al lado y algo de percusión. Todos en el grupo tienen al lado algo de percusión. Junto a él, el guitarra solista y director musical, Mark Stewart, que también toca el didgeridú, el saxo tenor y unas cuantas cosas más, creo que incluso flauta andina. Y percusión, claro. Detrás, el batería, James Oblon, fantástico; a la derecha otra tarima con el percusionista principal, Jamey Haddad, y más a la derecha, el órgano de Mick Rossi, que juraría que tocaba alguien más cuando Rossi estaba sentado al piano, porque estos músicos se mueven mucho. Delante de él, Vincent Nguini, un guitarrista de Camerún que lleva tocando con Paul Simon desde hace veinticinco años, según cuenta, y el piano de cola de Mick Rossi. Entre las dos tarimas está el bajista, el gran Bakithi Kumalo, y delante de él, Paul Simon, que ya sale.

Enlazan directamente con el acordeón de «The Boy In The Bubble», la canción que abre Graceland (1986). Y ya desde el principio queda claro que este grupo es capaz de tocar cualquier cosa. No tiene nada que envidiarle a la instrumentación original del disco. No parece faltar ningún elemento, y Paul Simon, a sus 75 años, canta como siempre. Y, con lo pequeño que es, llena el escenario. Para que también quede claro desde el principio que en el concierto va a haber de todo, continúan con el famoso redoble de caja que introduce «50 Ways To Leave Your Lover», de Still Crazy After All These Years (1975). Sigue «Dazzling Blue», de So Beautiful Or So What (2011), con su percusión india acompañada del canto rítmico del percusionista. Los miembros del grupo siguen cambiando de instrumentos durante todo el concierto, adaptándose a la época y a la canción de forma fluida. Como ya he dicho, normalmente cuento diez músicos en el escenario, incluyendo al propio Simon, pero me parece recordar que ha sido en esta canción donde ha aparecido un violinista solista invitado, cuyo nombre no he entendido bien, aunque Simon lo haya presentado, así que no me ha quedado muy claro si finalmente era alguno de los otros músicos cambiando de instrumento o sólo ha salido al escenario para la ocasión.

Volvemos al acordeón con «That Was Your Mother», la canción zydeco de Graceland (1986). Antes, Simon anima a la gente a bailar, digan lo que digan los del servicio de seguridad, y como muestra nos regala unos pasos de baile él mismo.

Paul Simon y su grupo interpretando «That Was Your Mother» en el programa
Austin City Limits hace unos meses.

Para la siguiente canción, «Rewrite», también de So Beautiful Or So What (2011), con su solo de silbido incluido, nos explica cómo partió de un riff de guitarra para componerla. A esta distancia no sabría decir quién toca qué, pero hay sonando cosas que no suenan exactamente como guitarras. Y de repente llega uno de esos momentos esperados, cuando, sin avisar, Simon comienza a susurrar la melodía inicial de «America», la canción de Bookends (1968), uno de los grandes álbumes de Simon & Garfunkel.

Y aquí haré un pequeño paréntesis personal, porque no sólo es una de mis canciones favoritas del dúo o del mundo en general, sino que además me trae buenos recuerdos de la infancia, cuando a mi hermana le regalaron el disco Simon & Garfunkel Greatest Hits (1972) y a mí uno de los últimos álbumes de Tintín, Vuelo 714 para Sídney (1968). Desde entonces asocio esta canción en concreto a esos momentos irrepetibles sentado en un sillón y leyendo las desventuras del millonario Lazslo Carreidas y los misteriosos encuentros con los extraterrestres.

Sigue otra clásica, «Mother And Child Reunion», de Paul Simon (1972), con sus aires reggae. Pero, ¿cuántas grandes canciones ha hecho este señor que está ahí delante, en el escenario? Como muestra, la siguiente, del mismo álbum, «Me And Julio Down By The Schoolyard» (1972). Qué bien me lo estoy pasando. Y vuelvo a la reflexión personal. Acabo de caer en la cuenta que con Los Marañones he escrito al menos un par de canciones inspirado por este hombre. Una es «El sonido del silencio», de El mundo al revés (2004), una canción de Ricardo Perpén cuya letra escribimos Miguel Bañón y yo robándole directamente el título a una de las canciones más famosas del dúo, y la otra es «Simón», de Tipos raros (2010), con música de Miguel, que está dedicada a esas grandes canciones que ha escrito Paul Simon y que resulta que estoy oyendo ahora mismo en vivo y en directo.

Para introducir la siguiente canción, «Spirit Voices», de The Rhythm Of The Saints (1990), nos cuenta la historia de su viaje a Brasil y cómo un curandero le hizo beber ayahuasca para que oyera las voces de los espíritus. Lo único que echamos de menos es la voz de Milton Nascimento que aparecía en la versión original.

«Spirit Voices» en Austin City Limits.

Y seguimos con la canción que abría ese mismo álbum, «The Obvious Child», y para introducirla nos cuenta su encuentro con Olodum y la batucada. Ahora en el escenario todo el mundo toca algún tipo de percusión y sólo les falta ponerse a desfilar entre el público. Pero no, son grandes músicos muy organizados, así que se quedan todos en su sitio en el escenario. La versión es espectacular y los asistentes están completamente metidos en la fiesta en la que estamos participando.

Llega por fin una de las canciones del nuevo disco, Stranger To Stranger (2016), que se supone que es la excusa para esta gira. Escuchamos la que le da título, «Stranger To Stranger», con dos invitados para la ocasión, Sergio Martínez tocando el cajón peruano y Nino de los Reyes taconeando, los mismos (si no he escuchado mal los nombres) que participaron en la grabación del disco. Como no todo el mundo ha escuchado el nuevo disco, ni mucho menos ha leído los créditos, por detrás de mí oía a alguien decir que lo de estos dos invitados estaba metido con calzador, como si lo del toque flamenco lo hubiera preparado sólo para esta ocasión. Me imagino que cuando toca en Brasil habrá algún comentario igualmente desinformado sobre la batucada.

Dejamos el disco nuevo de momento y volvemos a Simon & Garfunkel, con otra de mis canciones favoritas (y de todo el mundo), «Homeward Bound», de Parsley, Sage, Rosemary And Thyme (1966), que el público reconoce ya con los primeros arpegios. Sin dejar a Simon & Garfunkel, el grupo interpreta una versión instrumental de «El condor pasa», la canción peruana que Paul Simon escuchó en versión de Los Incas y que grabó junto a ellos y Garfunkel en el álbum Bridge Over Troubled Water (1970). En realidad, la canción sirve de introducción a «Duncan», de Paul Simon (1972), en cuya grabación original también participaron Los Incas.

A continuación, Simon aligera un poco las cosas sacándose de la manga un instrumento de la India de una sola cuerda que hace un sonido curioso y que a él, según cuenta, le suena como «werewolf», así que se le ocurrió escribir una canción sobre hombres-lobo, «The Werewolf», que con los sonidos del susodicho instrumento abre su nuevo disco, Stranger To Stranger (2016). Terminada la canción, el guitarrista camerunés Vincent Nguini, que lleva más de veinticinco años colaborando con Simon, da un paso al frente y nos cuenta la divertida historia de cómo Paul Simon hipnotizó a una pantera negra y luchó contra unos gorilas durante un ritual de iniciación en uno de sus viajes a África. También nos cuenta que la canción que van a tocar lleva un compás de 9/8, pero que se puede bailar igual. La canción es «The Cool, Cool River», de The Rhythm Of The Saints (1990).

Termina con un impresionante solo de piano de Rossi que enlaza directamente con el gran final del concierto, que consiste en los dos grandes éxitos de Graceland (1986), «Diamonds On The Soles Of Her Shoes» y «You Can Call Me Al», enlazados con un solo de batería y culminados con el esperado solo de bajo de Bakithi Kumalo, como en el disco original.

«You Can Call Me Al» en Austin City Limits.

Paul Simon y su increíble grupo se despiden, abandonan el escenario y eso es todo. Excepto que el público asistente se niega a irse así como así. Vuelven a salir los músicos y vuelven a tocar la introducción instrumental de «Gumboots», sale de nuevo Paul Simon y tocan «Wristband», del último disco, Stranger To Stranger (2016), la divertida historia de cómo salió a fumar a la parte de atrás de la sala justo antes de un concierto y se le cerró la puerta, por lo que tuvo que volver por la entrada principal. Pero el vigilante de la entrada no le dejaba pasar porque no tenía muñequera identificativa.

El vídeo oficial de «Wristband».

Y volvemos a Graceland (1986), el gran protagonista del concierto —no en vano es su disco más premiado y vendido en todo el mundo—, con la canción que le da título, «Graceland». Y como gran final, la maravillosa «Still Crazy After All These Years», del álbum del mismo título, Still Crazy After All These Years (1975). Al terminar, todo el grupo y los invitados se acercan al borde del escenario y hacen el saludo de rigor. No se puede pedir más.

Pero se pide, así que ya están otra vez todos en el escenario. El segundo bis comienza sorprendentemente con «Late In The Evening», la canción que abre One-Trick Pony (1980), un gran disco del que pensaba que no iba a escuchar nada esta noche. La versatilidad de este grupo es inenarrable.

Una versión en directo de «Late In The Evening», grabada prácticamente con el mismo grupo hace cinco años (junio de 2011) en Nueva York.

A continuación, otra joya olvidada, el blues «One Man’s Ceiling Is Another Man’s Floor», de There Goes Rhymin’ Simon (1973), que tampoco esperaba escuchar. ¿Y ahora qué? ¿Cómo salimos de ésta? Pues con «The Boxer», una de las canciones más famosas de Simon & Garfunkel, de Bridge Over Troubled Water (1970). Todo el público corea el estribillo. Se despiden de nuevo.

Ya está. Pero aquí no se va nadie. Sale de nuevo Paul Simon, ahora solo, sin grupo, y con su guitarra acústica empieza a tocar el arpegio de «The Sound Of Silence», y la gente se vuelve loca. Pero consiguen hacer honor a la canción y escuchar en silencio. La canción apareció originalmente en el primer álbum de Simon & Garfunkel, Wednesday Morning, 3 A.M. (1964), y se convirtió en su primer éxito un par de años más tarde, cuando se publicó una versión con instrumentos eléctricos añadidos por Tom Wilson, el productor, sin conocimiento del dúo. Pero aquí volvemos a la versión acústica. Qué bien toca la guitarra este hombre.

Se va. Ya no se le puede pedir más, de verdad. Pero le piden.

Sale de nuevo todo el grupo y vuelven a Graceland (1986), con «I Know What I Know», algo ligero antes de la que, sí, definitivamente, será la última canción del concierto, «Bridge Over Troubled Water», del álbum del mismo título, Bridge Over Troubled Water (1970). Tras una irrefutable versión de uno de sus mayores éxitos, Simon se queda en el escenario agradeciéndonos que le hayamos hecho trabajar tanto esta noche, y se va. Antes de que a nadie se le ocurra pedir otra, encienden las luces y salimos todos a la calle poco a poco.

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